martes, 23 de agosto de 2016

Hidrante en la noche


La noche pinta seres metálicos. Han desaparecido los sapos y el claro de luna se desvanece con las luces de las farolas. 

Agosto es un mes peligroso.

miércoles, 20 de julio de 2016

Música de hoy. Mi experiencia


Hace unos tres o cuatro años que he recuperado el interés por la nueva música. Es una renovación de mi afición y apego a aquello que denominábamos de una manera genérica “música contemporánea”. Allí se apiñaban las distintas formas de atonalidad que habían surgido con las vanguardias artísticas del siglo XX: el serialismo, las diferentes variantes del dodecafonismo más o menos evolucionado, el minimalismo, la música aleatoria, el conceptualismo, etc.

Había asistido a unos cursos sobre Estética Musical Contemporánea y otro sobre Música ex machina  impartidos por la Universidad y me interesaron compositores como Schönberg, Bussoti, Boulez, Xenakis, John Cage, Stockhausen o las experiencias más cercanas de Josep Soler, Àngel Cerdà, Albert Sardà –extraordinarios compositores de música de cámara- o el rupturismo de Carles Santos, el experimentalismo del Laboratorio de Música Electroacústica Phonos con Gabriel Brncic, Andrés Lewin Richter, Lluís Callejo y mi admirado Josep M. Mestres Quadreny.
 
Josep Maria Mestres Quadreny

También el Grupo Alea de Madrid, Ramón Barce, Luis de Pablo y la sabiduría musical de Francisco Guerrero con quien tuve la oportunidad de participar en su obra Promenade sur un parc.

Recuerdo la modernidad exquisita de Anna Bofill (Esclat), Albert Llamas (BXR6), David Padrós (Materiales), Javier Santacreu (Après l’auquat), Alicia Díaz de la Fuente (Ecos del pensamiento), Salvador Brotons (Lluita, lament i triomf), Pilar Jurado (La escalera de Jacob) …

  Anna Bofill Iannis Xenakis

En todos ellos el afán de progreso musical era esperanzado, tanto como su acción artística, acordes con una realidad social que despertaba de la noche larguísima de la barbarie del siglo XX y proponía un lenguaje racional y democrático.

De aquellos finales de los setenta y de la década de los 80, en que la música contemporánea exploraba unos horizontes de confianza formal, hemos pasado a la expresión musical actual en que las partituras se debaten entre la cautela, el recelo y el escepticismo. No parece que haya una semántica coherente, pero tampoco hay nada que objetar, ya que la música es, como cualquier otra forma de expresión artística, un reflejo de la vida y del acontecer social. Cómo va a reaccionar el compositor ante un panorama social desalentador y ante una indeterminación de valores éticos y estéticos.

También hoy, como ocurría en los años setenta, nos encontramos con una gran diversidad de maneras de entender la composición, pero actualmente, la diversidad se une a la dispersión y a la falta de objetivos. Cada uno deposita su “genialidad”, que en muchos casos es de gran calidad, pero todo aparece suelto y desperdigado, cada uno a su aire, sin una coherencia ideológica formal que indique la pertenencia a una época. ¿Es malo esto? No, es el indicativo del desbarajuste ético y artístico que nos toca vivir.

Muchos músicos han reaccionado con un retorno a la tonalidad, esfuerzo ingente, ahí están los ejemplos de Sofía Gubaidulina, a ellos mi admiración.

O el poliestilismo de Mauricio Sotelo, Frederic Rzewski, Arturo Rodas, Magaly Ruiz, Miguel Oblitas Bustamante o Lera Auerbach. Debo decir, sin embargo, que me fío poco del poliestismo. Tampoco comparto el neorromanticismo de George Rochberg o de Del Tredici.

Me parecen mucho más interesantes las posturas de aquellos que han evolucionado dentro del conceptualismo que en su día apuntó John Cage y aún mejor el neo-minimal con las nuevas composiciones de Philip Glass, Terry Riley (su obra “In C” me parece genial) y Steve Reich (a quien tuve la oportunidad de conocer personalmente). 
William Duckworth (Preludios del tiempo curvo), Mikel Rouse o Glenn Branca presentan un post-minimal muy interesante y concuerdan perfectamente con otras expresiones artísticas posminimalistas (pintura, instalaciones, escultura, etc.).
 
La fusión del minimalismo con la música étnica o con el rock puede dar mucho de sí, de momento estoy a la expectativa.

Sin embargo, donde encuentro un mayor compromiso y sentido de modernidad es en el experimentalismo del “Arte sonoro” donde la práctica compositiva incorpora principios de física, reflexión sobre el efecto sonoro y sobre la percepción. Las composiciones son híbridas, tienen en consideración la psicoacústica, la electrónica, la aproximación al silencio, se valen de la tecnología, la supercomputación y la electrónica. El “arte sonoro” es interdisciplinario, se conecta con la experimentación plástica, el vídeo y la amalgama volumétrica (por no decir escultura). Una pregunta queda en el aire ¿el arte sonoro es arte?, no lo sé, pero tampoco me interesa responder a esta pregunta.
Mientras tanto prefiero quedarme con la “Nueva Simplicidad”, los productos más simples. Ahí están Wolfgang Rihm (Concierto para trompa), György Kurtág, Roland Moser y, sobre todo, sobre todo, el gran Arvo Pärt, cuya música nunca me canso de escuchar.

Nota: 
con este largo escrito sobre mis manías musicales, dejo el blog unas cuantas semanas y deseo que paséis un verano muy feliz, escuchando buena música y que los calores no os agobien más de lo necesario.

domingo, 17 de julio de 2016

El hilo inextinguible (Fausto I. Goethe)

El Quixot (1979), Gravat, Joan Ponç


Si de Natura el hilo inextinguible, 
penosamente se devana en la rueca,
si de sonidos opuestos e inmiscibles,
dispar resurge la resonancia hueca,
¿quién a los ritmos la melancolía concede,
marcando pulso de agitación o calma?
¿Quién a ordenar la música procede,
una y espléndida, ceremonia del alma?...
El poder del hombre, revelado por los poetas.
Goethe

Probablemente la revelación quede atrapada en la red de la tarántula. 
¡Qué poco poder tiene hoy el hombre!

jueves, 14 de julio de 2016

Ad libitum


Sin título. 1978, Will Faber

Ad libitum                                       

Pesan como una losa los siglos oscuros
que empezaron cuando los relojes
se ponían a cero y el tiempo pasado se borraba.

Fueron derribadas las termas,
y con los sillares de Augusto se levantaron chozas,
construidas con sigilo en la espesura del bosque,
lejos de las ciudades desiertas.

El caballo de Atila sólo pisó la hierba
y otros aplastaron el ágora callada.
Los pergaminos fueron rasgados
y el faro de Alejandría nunca más volvió a iluminar
las aguas con sus estelas de razón.

Todo fue sometido a un solo Dios
que había pactado con un solo pueblo.

El olvido cayó sobre Cnossos y Sunion.

El deseo se trasladó del conocimiento al instinto,
el amor subió de la memoria al cielo
-lejos del corazón de los hombres-
y la imaginación se convirtió en locura,
mientras las bóvedas pesadas,
se apoyaban en muros cada vez más gruesos
y en el interior oscuro, las voces del miedo
anunciaban que al principio fue el Verbo
y, entre los Pantocrátores y los retablos,
ya nadie recordaba que al principio
fue Cronos: el Tiempo.

Los delfines, el Príncipe de los Lirios
y las diosas de múltiples tetas
fueron sustituidos por códices y martirologios de tintas sangrantes

Sederunt Principes entre el barro y el púlpito.

Con las monodias se mezclaban
los retortijones del hambre.

Ninguna canción
hasta que llegó Beatrice con sus nueve años.

Ningún soneto hasta
que el amor bajó del cielo a la memoria
y al corazón de los hombres.


© Francesc Cornadó

domingo, 10 de julio de 2016

Florilegio neoclásico

La lavandera (1735) Jean-Baptiste Simeon

Los neoclásicos pecaron de optimismo. Fue un optimismo forzado, pues creyeron que la naturaleza tenía sus normas.

El artista neoclásico no escuchó los sermones y así pudo entender la armonía de las esferas.

Con Waterloo se apagaron las luces neoclásicas y la sombra romántica cubrió el bosque.

Los arquitectos neoclásicos proyectaron edificios proporcionados encima de escalinatas desproporcionadas.

Los pintores neoclásicos delimitaron las sombras. 

Las esculturas reflejaban la luz de la razón y la piel de mármol fue también iluminación.